miércoles, 25 de diciembre de 2013

Viaje a Maipú


Viaje a Maipú


          Roberto Jurado está yendo a Maipú, para visitar a Tristán, su hermano gemelo, que padece de cáncer y a quien le queda muy poco tiempo de vida.

           Camina por la calle Brasil, hacia la estación Constitución y entra a la “Librería La Consciencia”. Pregunta por libros en blanco. Uno le llama la atención; está encuadernado en cuero y tiene grabado en la tapa las palabras adecuadas: “Mi Diario Intimo”. Lo compra, junto a una lapicera fuente azul oscuro, con pluma de oro.
          Llega a la estación y saca un boleto de primera. El tren es rápido; para en muy pocas estaciones antes de llegar a Maipú y el destino final es Mar del Plata. Roberto camina hasta el andén llevando bajo el brazo el paquete con los útiles recién adquiridos. Encuentra la plataforma, sube al vagón y se ubica en su asiento. Hay muy poca gente. La temperatura es confortable y se queda con el saco puesto. Pone su valija en el maletero y deja el paquete sobre el asiento vecino. Suena el silbato de la locomotora y el tren arranca. Después de un rato, el andar se hace más parejo y el tren aumenta de velocidad.
          Es entonces que Roberto abre el paquete. Toma la lapicera de la cajita y nota que debería cargarla. Al hacerlo, una fina línea, oscura, se asoma apenas, a lo largo de la pluma dorada. Después desenvuelve “Mi Diario Intimo”. El olor a cuero lo hace aspirar, luego sonríe. Lo abre, acaricia las páginas blancas, suspira y sonríe otra vez.   
          Abre el flamante libro y en la primera página escribe: “Diario Intimo de Roberto Jurado. 20 de Octubre del 1963”. Otra profunda sonrisa. Desliza su mano debajo de la hoja escrita y deja descubrir la segunda página. Cierra los ojos y se queda así unos instantes. Al final, empieza a escribir.

          El tren llega a Mar del Plata. El guarda empieza a hacer la ronda final. Es allí cuando nota la figura de un hombre que no se mueve, que no intenta bajarse. Está recostada sobre el lado de la ventanilla, con la cabeza baja y en su regazo tiene, semiabierto, un libro. En su mano derecha, una lapicera azul brillante. El guarda primero le habla y cuando no tiene respuesta, repite el llamado. La persona aun no se mueve. Se acerca y le toca el hombro. El movimiento hace que la lapicera se caiga al suelo. Pero el hombre no se despierta. El guarda le toca la mano y nota que está fría. Observándolo con más detalle, ve que de la comisura de la boca le sale un hilito de sangre, una línea ya seca, coagulada, que se abre camino hasta terminar sobre el libro.
          Al ver que el libro está medio abierto, se inclina y ve que esta manuscrito. El guarda saca el libro del regazo, lee la primera página y, cuando quiere abrir la segunda, se da cuenta de que está pegada a la primera. Usa los dedos y la palma de su mano para separarlas, siente que se despegan de repente y ve que una sola gota de sangre las había mantenido unidas. Se acomoda los anteojos y lee:

          “Estoy yendo a encontrarme con Tristán. Es mi mellizo, el único hermano que tengo. Hace años que no tenemos contacto alguno. Cuando Tristán partió de Buenos Aires para vivir en Maipú la separación se hizo absoluta. En realidad más que hermanos fuimos rivales en todo y hasta podría agregar, actuamos como enemigos. La relación entre nosotros había sido problemática desde que éramos pequeños. Estábamos celosos de cualquier don especial o diferencia. Siempre estuve compitiendo con él; toda mi vida. Nos desafiábamos todo el tiempo y nos peleábamos con fuerza y con ganas. Lo que más deseábamos era ganarle al otro, cualquiera fuera el asunto, el deporte, el juego, el ejercicio. Hubo muchos incidentes de terrible rivalidad en nuestras vidas. Una vez Tristán me quemó mi colección de estampillas. En venganza, envenené a su gato. Tristán jugaba mucho mejor al futbol y yo me complacía en bajarlo a patadas. Una vez, para vengarse, me rompió el fémur de la pierna derecha. En ciclismo yo era más veloz así que, durante una carrera, Tristán me aflojó los frenos de mi bicicleta y me estrellé.  Tristán era horrible, y llegó a lo último, lo más bajo: aprovechó una ausencia mía para hacer el amor con mi novia. Cuando me enteré le di una paliza que lo dejó de cama. Aunque sé que le hice algunas maldades creo que mi hermano siempre fue más agresivo y más vengativo. Y quizá, por ser más chico y menos fuerte que yo, o porque injustamente lo preferían, siempre tenía el favoritismo de mis padres; no importa qué, yo salía siendo el culpable y encima, me castigaban. En esos momentos, yo lo odiaba.
No sé por qué nos peleamos tanto y nunca pudimos parar. Me pregunto si era que no nos amábamos porque nunca hubo amor en la familia. Yo tampoco amé a mis padres. Creo que a veces sentíamos amor pero la mayoría de las veces, indiferencia y odio, según nos iba yendo en nuestras vidas. Él tuvo más suerte que yo, siempre fue más exitoso. Llegó a ir a la universidad y se graduó de contador mientras que yo me quedé toda la vida siendo oficinista en la municipalidad. Podría ser que no sintiéramos nada el uno por el otro, que nada nos uniera y que no nos importara al uno del otro. Yo ya sé que no le importaba nada a mis padres, solo a mi abuelo, que se murió joven.
Falta poco para llegar a Maipú y no estoy seguro de que él esté con energías como para seguir peleando. A lo mejor, cuando lo vea, le voy a tener lástima. Yo me siento bien y sé que él se va a morir pronto. A veces me siento triste, un poco arrepiento de haberlo tratado mal, pero solo a veces, raramente diría. A lo mejor éramos más iguales de lo que creíamos y tendríamos que habernos llevado bien en vez de pelearnos tanto. Quién sabe.
Es curioso. Ahora, al ver lo que he escrito, al poder leerlo, me siento mal, como descompuesto y traspirando; quizá es que muy dentro, sé que  no estoy siendo sincero. La verdad es que me siento enojado con él y con mis padres que siempre lo favorecieron. No me puedo olvidar de las que me hizo, todas esas  maldades sin recibir castigo y eso me da más bronca aun. Estoy temblando de rabia: no tengo ganas de reconciliarme. Siento algo raro que me place y confunde a la vez, me parece que no tendría que ser así, pero de cierta manera estoy contento de que sea él quien se esté muriendo y no yo. Siento satisfacción en ganarle la última etapa de la carrera. Me parece que es una locura sentirse así con un hermano, pero la verdad es que todo ha sido injusto para mí y que deseo que Tristán se muera de una vez: quiero verlo morir. Es lo que siento, aunque sea muy extr…  ”

          Así concluye la escritura, con una palabra borroneada y sin terminar, como si la mano que la estaba escribiendo hubiera temblado en los últimos instantes. Justo después de la última frase, de la última palabra, está la gotita de sangre, como punto final.


Cuento de Enrique van der Tuin Copyright 2013 20090416 F6 W1230 130930 VIAJE A MAIPU      


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